domingo, 17 de enero de 2010

Prohibido prohibir fumar

No fumo. O cuando menos, no fumo cigarros. Algunas veces, en el antro o el bar con los cuates, pescaba algún cigarro. Creo que era más un afán de tener las manos ocupadas en algo - lo mismo que con frecuencia me lleva a resolver cubos de Rubik o hacer origami mientras hablo por teléfono. Me gusta fumar puros: cubanos, mexicanos, dominicanos, en ocasiones pocas cosas se me pueden antojar más que sentarme en la terraza con un whisky, un puro, y un buen libro. ¿Sibarita? No necesariamente, pero bueno, habrá quien piense así. Con todo, creo que al año me fumaré una veintena de puros, si acaso. Cuando viajé por Medio Oriente me aficioné a la narguila o hookah, la famosa pipa de agua que en diferentes momentos se ha puesto de moda en México. Aquí, es posible que me atraiga un poco más el aspecto social - nadie se sienta a fumar narguila solo, y por el contrario, es común ver grupos de cinco o seis personas en animada plática alrededor de una de ellas, ya sea en algún café de Estambul, un bar de Tel Aviv, o un simple cobertizo en las afueras de Aqaba. Y aunque nunca he fumado pipa, siempre sentí un particular agrado por el olor a tabaco de pipa que se percibía en la biblioteca de mi abuelo, o en el despacho de mi papá.

Pero no fumo cigarros. Los encuentro detestables, y el olor francamente me parece asqueroso. Además de que he sido testigo de como van degradando la salud de la gente de manera odiosa.

A todas luces, y por lo último, cualquiera pensaría que yo me contaría entre los principales defensores de las leyes anti-tabaco. Pero no. Me encanta poder llegar a cualquier bar o restaurante sin sentirme agredido por el olor a cigarro. Viviendo en Escocia, me dan risa mis amigos fumadores, que estando a gusto y cómodos en el interior del bar, tienen que ponerse sombrero, bufanda, guantes, y abrigo, solamente para poder salir tres minutos a echarse un cigarrito.

Pero las leyes anti-tabaco no son otra cosa que el gobierno metiéndose en donde no debería ni de asomarse.

La prohibición de fumar, ¿es una prohibición al consumo de tabaco, o al perjuicio del prójimo? Aunque la teoría señala lo segundo como la realidad, el hecho es que lo que ocurre es lo primero, limitando entonces nuestra libertad de acción. De entrada, se está cortando tajantemente la libertad de los dueños de los establecimientos (propiedad privada) a decidir que se puede y no se puede hacer al interior de los mismos. Es el mismo principio que nos permite fumar en nuestras casas: si es mi espacio, debo poder hacer lo que yo bien decida hacer. Prohibir fumar en propiedad pública, esto es, en aeropuertos, estaciones de autobuses, edificios del gobierno, y otros, tiene sentido. Ahí es el gobierno el que, como 'dueño' del espacio, está decidiendo prohibir fumar. Pero, ¿que no debería yo tener la misma facultad para decidir sobre mi propio espacio, sea este mi recámara o mi restaurante?

De nuevo, no fumo. Me desagrada el humo de cigarro de una manera absoluta. Creo, además, que quien está decidido a fumar aún con toda la evidencia científica y médica de lo dañino del hábito debe ser apoyado como se apoya a los alcohólicos. Pero creo con aún mayor firmeza que el estado debe mantenerse al margen de acciones que trunquen la libertad de los individuos. Admito que llego entonces a una coyuntura molesta: ¿tolerar a fumadores, o aguantar el pisoteo de mi libertad individual? Creo que en ese caso, haré uso de la segunda para ir a otro lado, donde no haya fumadores. Estoy en libertad de hacerlo, ¿no?

NOTA: En honor a la verdad, creo que mucho del buen funcionamiento de la sociedad en una instancia como esta depende de la cortesía de la gente. Si estamos en un ambiente donde, sin que nadie lo señale, los fumadores deciden aguantarse un poco solamente para no importunar a la persona de al lado, se habrán sembrado las primeras semillas para una sociedad donde el estado se dedica solamente a administrar, y no a mandar en asuntos triviales.

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